Carmaviba encuentro en oración

Adviento

Preparad el camino al Señor

Introducción:

Estamos habituados al término «adviento»; sabemos qué significa; pero precisamente por el hecho de estar tan familiarizados con él, quizá no llegamos a captar toda la riqueza que encierra este concepto y más allá, el contenido que tiene dentro de la liturgia.

Adviento quiere decir «venida» y Juan Pablo II en la catequesis del tiempo de adviento del año 2002, comenzaba haciendo dos preguntas claves: “¿Quién es el que viene?, y ¿para quién viene?” a las cuales respondemos, viene el Señor Jesús, y su presencia es continua y continuada; a quien esperamos vigilantes, atentos, llenos de gozo en actitud celebrativa es al Señor que se hizo hombre, que nació de María, que se aproxima cada día a la realidad humana, transformando nuestra historia, tocando nuestras vidas, animándonos a ser mejores cada día. De manera que viene para la humanidad, para el hombre y mujer de rostros y realidades concretas, viene a ti, a tu vida, a tus situaciones, a reconciliarte, viene para la persona humana a renovar la relación personal con él, viene para la persona desolada, herida, pobre, abandonada, discriminada, para la víctima y victimario. Viene para la persona a restaurar su dignidad herida por el pecado, la injusticia, a infundir un espíritu nuevo tocando los corazones de piedra, convirtiéndolos en corazón de carne (Ez 11, 19). Viene para su iglesia, a reencontrarse con ella. Viene para quienes no lo conocen a revelarles su rostro amoroso.

¿Qué es?:
El tiempo que da comienzo al Año Litúrgico y empieza el domingo más cercano a la fiesta de San Andrés Apóstol (30 de Noviembre) hasta las vísperas de navidad, abarca cuatro Domingos. El primero puede adelantarse hasta el 27 de Noviembre, y entonces el Adviento tiene veintiocho días, o retrasarse hasta el 3 de Diciembre, teniendo solo veintiún días.

Color:
La Liturgia en este tiempo es el morado.

Sentido:
El sentido del Adviento es avivar en los creyentes la espera del Señor, prepararnos para su segunda venida gloriosa, llenarnos de confianza en el cumplimiento de su Palabra, de sus promesas y celebrar su nacimiento en navidad.

1. Aprender a esperar.

El tiempo del Adviento nos quiere ejercitar en una virtud cristiana básica: la esperanza. Cada año la iglesia entra en este santo tiempo y aprende a esperar al Señor:
• Con la misma ilusión con que un estudiante espera sus vacaciones.
• Con la misma intima emoción con que una madre espera a su hijo.
• Con la misma urgencia con que el surco abierto y reseco espera la lluvia, la Iglesia espera la venida de su Señor. Cada año cobra actualidad el Aviento porque siempre necesitamos la Venida de Dios en nosotros, y nos hace falta aprender a esperarle. Sería señal de debilidad o de muerte si nos encontráramos satisfechos con lo que ya tenemos. Como también nosotros, los cristianos, podemos ir perdiendo a lo largo del año la sensibilidad por lo divino, nos conviene que el Adviento nos despierte el apetito de los bienes que verdaderamente valen la pena. Nos hace bien el matricularnos en la escuela de la esperanza, poniéndonos por delante la meta del encuentro Salvador con nuestro Dios. San Pablo hace sonar la diana para todos: “sabed que ya es hora de que despertéis del sueño”.

2. Testigos de la esperanza.

En un mundo que progresa sin cesar, que se supera así mismo en las conquistas del “confort” y de la ciencia; en un mundo que, a pesar de todo ello, no puede quitarse de encima la angustia y la inquietud, los cristianos somos invitados en el Adviento a practicar la espera de los bienes divinos, y a dar testimonio de nuestra esperanza ante los ojos de la sociedad. ¿Cuantas cosas ansían los hombres?, ¿cuantos "mesianismos" ilusionan los corazones humanos? Nosotros tenemos que superar dedicadamente el plan material y alimentar nuestra esperanza con el único objeto que puede satisfacerla: la venida de Jesús. El salmo 24 resuena desde el primer día del Adviento: A ti, Señor he levantado mi alma; por encima de los afanes de cada día y de las aspiraciones meramente terrenales, nosotros esperamos a Dios mismo. No es que con ello tratemos de desertar de nuestra tarea en el mundo; al contrario, queremos orientar los íntimos anhelos de la humanidad hacia su único objetivo definitivo: Dios; pues "todos los que esperan en el Señor no quedaran defraudados".

3. ¿Que es lo que esperamos?

La pregunta brota espontánea al intentar vivir concretamente el espíritu del Adviento: ¿Que objeto tiene nuestra espera? El pueblo de Israel estuvo durante siglos y siglos esperando al Mesías. Los textos de Isaías, que durante estas semanas leeremos, tienen como objetivo directo el gran acontecimiento: la llegada del Salvador. Pero nosotros vivimos en el nuevo testamento. Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Cristo nació de Maria Virgen y apareció entre nosotros. Desde que Él llegó todo ha cambiado en la historia: Vivimos el tiempo de Cristo. Seria simplemente una ficción inútil o una comedia
• El rezar y cantar como si Cristo no hubiera venido ya.
• El pedir a Dios que nos envié al Mesías como si no hubiéramos sido ya salvados por Él.
• Ponernos en la misma actitud de Israel, copiando sus palabras en el mismo sentido inmediato que tuvieron en sus labios. Eso no lo pretende ciertamente el Adviento. El nacimiento de Jesús en Belén lo recordamos gozosamente, celebraremos su aniversario y aprenderemos las entrañables lecciones que sus protagonistas nos enseñaron.

4. La vuelta de Cristo.

La primera respuesta: la Iglesia espera la Venida gloriosa de Cristo al fin de los tiempos, para establecer definitivamente su Reino. Ya desde el primer domingo del Adviento nuestra atención es dirigida a ese día último en que aparecerá Cristo triunfador para juzgar al mundo. "El día se acerca", "no sabéis cuando vendrá el dueño", " entonces verán al Hijo del hombre que viene", "cuando venga nuestro Señor Jesús con todos sus santos". En la noche de Navidad volverá San Pablo a colocarnos en la misma perspectiva: Aguardando la dicha que esperamos, la Aparición gloriosa del gran Dios y Salvador; nuestro Jesucristo. Si, la Parusia, la Vuelta de Cristo como un foco de luz que ilumina toda la espera de la Iglesia. No es solo Israel la que suplica durante siglos: ven, Señor; también la Iglesia lleva mas de dos mil años repitiendo las palabras conclusivas del Nuevo Testamento: Ven, Señor Jesús. Con la mirada puesta en esa Vuelta de Cristo rezaremos en la Vigilia de Navidad: Oh, Dios que todos los años nos alegras con la esperanza de nuestra redención, haz que así como recibimos gozosos a tu Unigénito como Redentor, podamos ver con confianza venir como Juez a nuestro Señor Jesucristo.

5. Vivimos ya en los últimos tiempos.

Sin embargo también esta espera del Ultimo Día nos puede parecer algo ficticia. ¿Creemos de veras en la proximidad de la Vuelta de Cristo cuando decimos: He aquí que viene el Señor; el Señor esta cerca? Lo mas probable es que nuestra generación no conocerá el fin del mundo, tal vez se demore todavía por muchos siglos. Para entender el sentido de esta espera escatológica que ya lleva ejercitando la Iglesia un largo Adviento de veinte siglos, tenemos que pensar en la conexión que la primera Venida de Cristo, la de Belén, tiene con la última. El Nacimiento de Cristo inauguro ya la ultima era de la historia: estamos viviendo los tiempos definitivos(l Cor 10, 11), y se puede decir que avanzamos decididamente hacia la meta. Desde que llegó Cristo a nuestra historia, la plenitud de los tiempos esta ya comenzada. Después de Cristo no esperamos a nadie mas. El inauguro ya su Reino: este ira creciendo y madurando a lo largo de los siglos, hacia la plenitud final. Es lógico que miremos espontáneamente al futuro, porque en cierta manera el futuro ya esta presente en nuestro tiempo, que es el ultimo. En este sentido se entiende el que se deje oír en la liturgia del Adviento cada año: el día esta ya encima; el Señor esta cerca. Como advertía San Pedro a los cristianos impacientes de su tiempo: “un día, ante el Señor, es como mil años, y mil años como un día. Nosotros somos ya "Contemporáneos" de la Parusía de Cristo; ya vivimos la hora de Cristo, que es la Última Hora.

6. Las profecías todavía no se han cumplido.

Este enfoque hace posible que leamos con un sentido plenamente actual las lecturas proféticas del Adviento. Porque la esperanza del pueblo hebreo, tan oportunamente alimentada por la voz de los Profetas, no apuntaba solo a la llegada del Mesías. Israel vivió en su historia una serie magnifica de intervenciones salvadoras de Dios:
• La elección de Abraham y la promesa
• La convocación de Israel como Pueblo Elegido
• La liberación de Egipto
• La Alianza de Sinaí
• La vuelta de la cautividad de Babilonia
Todas estas intervenciones las entendía Israel como autenticas "venidas" de Dios. Pero por encima de eso, era invitando constantemente a esperar el día de Yahvé, el gran día de su Encuentro con Dios: que unas veces venia señalado con caracteres mesiánicos, pero otras tenían horizontes todavía mas lejanos, claramente escatológicos.

Teología y espiritualidad del Adviento.

Durante el tiempo del Adviento la liturgia pone a nuestra consideración al Dios - Amor que se hace presente en la historia de los hombres, Dios que salva al género humano por medio de Jesús de Nazaret en quien el Padre se revela.
El Adviento nos debe hacer crecer en nuestra convicción de que Dios nos ama y nos quiere salvar, y debe acrecentar nuestro amor agradecido a Dios.
Adviento es el tiempo litúrgico de dimensión escatológica, el tiempo que nos recuerda que la vida del cristiano no termina acá, sino que Dios nos ha destinado a la eternidad, a la salvación; en este proyecto la historia es el lugar de las promesas de Dios.
Dios anuncia y cumple sus promesas en nuestra historia. Adviento es el tiempo en que celebramos la dimensión escatológica de nuestra fe, pues nos presenta el plan divino de salvación con elementos ya realizados en Cristo y con otros elementos de plenitud que aún esperamos se cumplan. Esta esperanza escatológica supone una actitud de vigilancia, porque el Señor vendrá cuando menos lo pensamos. La vigilancia requiere la fidelidad, la espera ansiosa y también el sacrificio; la actitud radical del cristiano ante el retorno del Señor es el grito interior de: ¡VEN, SEÑOR JESÚS!.
Esperar en el Señor supone estar convencido que sólo de Él viene la salvación, sólo Él puede liberarnos de nuestra miseria, de esa miseria que nos esclaviza e impide crecer; el tiempo de Adviento nos recuerda que se acerca el Salvador por eso la esperanza va unida a la alegría, el gozo y la confianza.
Adviento es también, el tiempo del compromiso terreno; la invitación del Bautista a preparar los caminos del Señor nos presenta como ideal una espera activa y eficaz. No se espera al Señor que vendrá con los brazos cruzados sino en actividad, en el esfuerzo por contribuir a construir un mundo mejor, más justo, más pacífico donde se viva la fraternidad y la solidaridad. La espera del cielo nuevo y tierra nueva nos impulsa a esta acción transformante de nuestro mundo, pues así éste va madurando y preparándose positivamente para la transformación definitiva al final de los tiempos.
La espera escatológica definitiva al final de los tiempos no es una invitación a la ausencia del compromiso con la sociedad terrena sino un estímulo a prepararla para esa transformación.
El Adviento nos hace desear ardientemente el retorno de Cristo, pero la visión de nuestro mundo injusto, sembrado de odio y división nos revela su falta de preparación para recibir al Señor. Los creyentes hemos de preparar el mundo, madurarlo para venida del Señor.

La venida de Cristo y su presencia en el mundo es ya una realidad, Cristo está presente en la Iglesia y en el mundo y esa presencia se prolongará ¿por qué, entonces, esperar su venida? Cristo está presente pero su presencia no es aún total ni definitiva, el Adviento nos sitúa en lo realizado en la encarnación y lo que queda por realizar de la plenitud escatológico, en el "ya", pero "todavía no". Hay muchos hombres que aún no han reconocido a Jesucristo, el mundo no está plenamente reconciliado con el Padre aunque sí en germen, es preciso, entonces, seguir anunciando la venida plena del Señor hasta la reconciliación plena de Dios con los hombres al final de los tiempos; hemos de pedir que venga a nosotros el reino del Señor. También en nuestra vida personal Cristo no se ha posesionado totalmente de nosotros porque nosotros muchas veces lo hemos impedido. En nuestra vida personal hemos de seguir esperando la venida del Señor. En la Navidad, en cada misa, en el hoy de cada celebración eucarística se actualizan el acontecimiento histórico de la venida del Señor y su futura Parusía; de allí la importancia de la celebración litúrgica en todo tiempo y también en Adviento.

La figura de María en el Tiempo litúrgico del Adviento.

Sentido del Adviento:
Las Normas Universales sobre el Año Litúrgico y el Calendario precisan el sentido del Adviento:

“El tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al final de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como el tiempo de una expectación piadosa y alegre” (NUALC 39)

El sentido central, por tanto, como el de todo el año litúrgico, es celebrar a Cristo. Esto ha de tenerse muy presente en siempre en toda consideración acerca del espíritu del Adviento. Cualquier debilitamiento de ese espíritu afecta al sentido mismo de la liturgia y al pensamiento de la Iglesia, y será un peligro para una correcta espiritualidad.

El buen enfoque de la espiritualidad es esencial en la vida cristiana. De hecho, la liturgia misma queda vacía de su genuino sentido si no llega a ser vivencia espiritual.

María en la centralidad de Cristo:
Ahora bien, la centralidad de Cristo implica un puesto privilegiado de María en todos los aspectos de la vida cristiana: doctrina, celebración y vivencia (dogma, culto y comportamiento).

Doctrinalmente, el sentido radical de María en la Iglesia lo da el hecho de que ella es Madre del Verbo Encarnado. El principio fundamental de la mariología es que María es Madre de Dios. En torno a ese principio se estructura todo el estudio sobre la Virgen María.

Por lo mismo, el culto refleja y es testigo de esa realidad. A María la honramos ante todo por ser la Madre de Dios. Así la ve la liturgia, que contempla variados aspectos de lo que es María, pero todos en torno a su función de Madre de Dios.

Es interesante recordar que María entró en el culto litúrgico por un motivo distinto del de los demás santos. Entre los santos los primeros venerados fueron los mártires. En el aniversario de su martirio los fieles acudían a celebrar la asamblea junto a su sepulcro o al lugar de su martirio. La Virgen entró en forma distinta: aparece en la liturgia al celebrar a Cristo. No se podía celebrar la Encarnación sin que estuviera presente aquella en la cual se había encarnado. No se podía celebrar el Nacimiento de Jesús sin expresar de quién nacía. Cosa similar en la Presentación de Jesús al templo y en toda la infancia de Jesús. Luego, en forma similar, se la vio junto a la Cruz del Hijo por un título o motivo más profundo que el de los demás que lo acompañaron en ese momento. En forma similar, María no podía desentenderse de la misión de su Hijo cuando éste creció y ya no fue dependiente de ella y de José. La madre, unida en cuerpo y en espíritu al Hijo, no podía dejar de estar presente en los sucesivos misterios del Hijo.

Tan medular es la Virgen María en el cristianismo, que el Cristo que existe tiene su ser humano con sus características básicas, recibidas de su Madre.

De lo dicho se desprende que, entre las variadas fiestas o celebraciones marianas, no todas tienen la misma importancia. No es comparable el significado de una aparición, por mucha devoción que se le tenga, con una misterio de la historia de María. No se puede poner en el mismo plano a la Virgen de tal pueblo o grupo por un favor atribuido a ella, que con lo relativo a su misión junto al Hijo.

Por esa unión con su Hijo, la veneración de la Iglesia está centrada en el papel que María tuvo y tiene en la historia de la salvación de todo el género humano. Eso se expresa no sólo en fiestas, sino en la liturgia diaria. En todas las Plegarias eucarísticas hacemos memoria de “La Virgen Madre de Dios” al dirigirnos al Padre. Lo mismo en la Liturgia de las Horas en himnos, antífonas, lecturas bíblicas y de diversos autores desde la antigüedad hasta nuestros días.

María en el Adviento:
Arriba leíamos el párrafo pertinente de las Normas Universales del Año Litúrgico y del Calendario referente al sentido del Adviento. Veamos ahora en otro documento oficial el sentido de la presencia de María en la liturgia de este mismo Tiempo. Escribe Pablo VI en la hermosa exhortación apostólica "Marialis cultus”:

“Durante el tiempo de Adviento la liturgia recuerda frecuentemente a la santísima Virgen –aparte de la solemnidad del día 8 de diciembre, en que se celebra conjuntamente la Inmaculada concepción de María, la preparación radical (cf. Is 11,1.10) a la venida del Salvador y el feliz comienzo de la Iglesia sin mancha ni arruga-, sobre todo en los días feriales desde el 17 al 24 de diciembre y, más concretamente, el Domingo anterior a la Navidad, en que hace resonar antiguas voces proféticas sobre la Virgen Madre y el Mesías, y se leen episodios evangélicos relativos al nacimiento inminente de Cristo y del Precursor” (MC, 3).

“De este modo, los fieles que viven con la liturgia el espíritu del Adviento, al considerar el inefable amor con que la Virgen Madre esperó al Hijo (Cf. Prefacio II de Adviento), se sentirán animados a tomarla como modelo y a prepararse, vigilantes en la oración y... jubilosos en la alabanza” (ibid), para salir al encuentro del Salvador que viene.” (MC 4).

Basta recorrer el misal y la Liturgia de las Horas para comprobar esa abundante frecuencia de textos referentes a María durante el Adviento. Recordemos sólo una expresión del II Prefacio de este tiempo, el cual resume la vivencia de María que la Iglesia nos hace contemplar: Al que habían anunciado los profetas “la Virgen lo esperó con inefable amor de madre”. Los últimos días del Adviento son acentuadamente marianos, como reconoce Pablo VI en el documento citado.

El Adviento, ¿“Mes de María?”:
Pablo VI se hace eco de una idea que ha cundido en algunos ambientes acerca de hacer coincidir el “Mes de María” con el Adviento.

“Este período, como han observado los especialistas en Liturgia, debe ser considerado como un tiempo particularmente apto para el culto a la Madre del Señor: orientación que confirmamos y deseamos ver acogida y seguida en todas partes” (MC 4).

“Tiempo particularmente apto para el culto mariano”, sí. Pero no dice el Papa que se haga coincidir con el Mes de María. Los mismos liturgistas a los cuales alude el Papa, en general no verían bien que se hiciera esa fusión, que fácilmente llevaría a confusión.

No es que la liturgia esté reñida con la religiosidad popular. Al contrario, debe existir armonía entre ambas. Pero no confusión. El pueblo cristiano debe tener bien claro que los ejercicios piadosos (y el Mes de María es uno de ellos) no deben mezclarse con los ejercicios litúrgicos. Esto no quiere decir que la Iglesia no los aprecie. Al contrario, los alaba, aunque con ciertas condiciones que aseguren su valor. Dice el Concilio Vaticano II:

“Se recomiendan encarecidamente los ejercicios piadosos del pueblo cristiano, con tal que sean conformes a las leyes y a las normas de la Iglesia...

”Ahora bien, es preciso que estos mismos ejercicios se organicen teniendo en cuenta los tiempos litúrgicos, de modo que vayan de acuerdo con la sagrada liturgia, en cierto modo deriven de ella y a ella conduzcan al pueblo, ya que la liturgia, por su naturaleza, está muy por encima de ellos.” (SC 13).

De modo que el Concilio no habla de fusionar, sino de armonizar, manteniendo siempre la distinción.
Por su parte Pablo VI, hablando de la relación entre ejercicios litúrgicos y “ejercicios piadosos”,en primer lugar reprueba “la actitud de algunos que tienen cura de almas y que despreciando “a priori" los ejercicios piadosos..., los abandonan y crean un vacío que no prevén colmar; olvidan que el Concilio ha dicho que hay que armonizar los ejercicios piadosos con la Liturgia, no suprimirlos”.

Y continúa:

“En segundo lugar, (reprueba) la actitud de otros que, al margen de un sano criterio litúrgico y pastoral, unen al mismo tiempo ejercicios piadosos y actos litúrgicos en celebraciones híbridas” (MC 31). Como ejemplo reprobable menciona la práctica de novenas u otras prácticas piadosas durante la Misa.

Según ese criterio, sería riesgoso hacer coincidir el Mes de María con el Adviento. Muy fácilmente se caería en esas “celebraciones híbridas” de las que habla Pablo VI. Lo más perjudicial sería introducir unas celebraciones no centradas en Cristo. Psicológicamente la religiosidad popular polariza más que la litúrgica. Fácilmente se vería debilitado el rico sentido cristocéntrico del Adviento, que aparece en la cita con la que iniciamos este artículo.

Esta “precaución” no debilita el carácter mariano del Adviento, sino que, al contrario, asegura su corrección y solidez. Nunca será mayor honra de María lo que en su culto haga brillar mejor la figura de Cristo. Y nunca agradará a María nada que debilite la atención a Cristo. No hay que olvidar que el mejor homenaje a María es nuestra mayor cercanía a Dios.

La frase del II Prefacio de Adviento que ya hemos citado, “a quien la Virgen esperó con inefable amor de Madre”, puede servirnos de ejemplo del modo como María debe es tenida presente en el culto. La oración no va dirigida a María, sino al Padre y, recordando al anunciado por los profetas, está presente María, que lo espera con inefable amor de Madre. No iríamos al fondo de un texto tan hermoso si nos detuviéramos en María. La oración de la Iglesia se dirige al Padre, que envía al Hijo. Pero María sale con naturalidad en la oración y nos presenta la imagen de lo que nosotros, la Iglesia, debemos reproducir.

Una observación final. En la mayor parte del Hemisferio Sur, el final del Mes de María coincide con los primeros días del Adviento. Ya en esos días hemos de tener presente cuanto aquí llevamos dicho o sugerido sobre la relación entre religiosidad popular y liturgia, según la mentalidad y la letra del Concilio Vaticano II: María muy presente, pero conduciéndonos al centro: su Hijo.

La Corona; Símbolo del adviento.

Origen:
Tiene su origen en una tradición pagana europea que consistía en prender velas durante el invierno para representar al fuego del dios sol, para que regresara con su luz y calor durante el invierno. Los primeros misioneros aprovecharon esta tradición para evangelizar a las personas. Partían de sus costumbres para enseñarles la fe católica. La corona está formada por una gran variedad de símbolos:

La forma circular:
El círculo no tiene principio ni fin. Es señal del amor de Dios que es eterno, sin principio y sin fin, y también de nuestro amor a Dios y al prójimo que nunca debe de terminar.

Las ramas verdes:
Verde es el color de esperanza y vida, y Dios quiere que esperemos su gracia, el perdón de los pecados y la gloria eterna al final de nuestras vidas. El anhelo más importante en nuestras vidas debe ser llegar a una unión más estrecha con Dios, nuestro Padre.

Las cuatro velas:
La luz de las velas simboliza la luz de Cristo que desde pequeños buscamos y que nos permite ver, tanto el mundo como nuestro interior. Cuatro domingos antes de la Navidad se prende la primera vela. Cada domingo, en los encuentros grupales (familia/comunidad) se enciende una vela más. El hecho de irlas prendiendo poco a poco nos recuerda como conforme se acerca la luz las tinieblas se van disipando, de la misma forma que conforme se acerca la llegada de Jesucristo que es luz para nuestra vida se debe ir desvaneciendo el reinado del pecado sobre la tierra. La luz de la vela blanca o del cirio que se enciende durante la Noche Buena nos recuerda que Cristo es la Luz del mundo. El brillo de la luz de esa vela blanca en Navidad nos recuerda como en la plenitud de los tiempos se cumple el “ADVIENTO DEL SEÑOR”

Ceremonia Para encender la vela de la “Corona de Adviento”:
Después del saludo y el canto de un estribillo apropiado, se enciende la vela de la “Corona de Adviento” y se acompaña con una oración que haga presente la esperanza de María.
Alguien de la asamblea, o el propio celebrante, enciende un cirio de la “Corona de Adviento”. Entre tanto, se puede cantar otra estrofa del canto de entrada.

Primer domingo de Adviento: ¡Vigila!

Rito de la “Corona de Adviento”:
Ahora encenderemos el primer cirio de la “Corona de Adviento”, en nuestro camino hacia la Navidad. Encendemos, Señor, esta luz, como aquél que permanece vigilando, en vela, esperando para salir el encuentro del Señor que viene.
Muchas sombras nos envuelven. Muchos halagos nos adormecen.
En esta primera semana de Adviento, queremos estar atentos y preparados, como María, para acoger al mensajero que nos trae la mejor noticia, la más profunda y la alegría más verdadera.
¡Ven, Señor Jesús! ¡Ven, Señor Jesús!

Segundo domingo de Adviento: ¡Prepárate!
Rito de la “Corona de Adviento”:
Ahora encenderemos dos cirios de la “Corona de Adviento”, en nuestro camino hacia la Navidad.
Los profetas mantenían encendida la esperanza de Israel y los pobres del mundo anhelan la liberación. En María se acumulan las esperanzas.
Nosotros, como símbolo de la nueva justicia, encendemos estas dos velas. Que cada uno de nosotros, Señor, sea tierra preparada, como María, para que aniden en ella y nos invada el Salvador.
¡Ven pronto, Señor! ¡Ven, Salvador!

Tercer domingo de Adviento: ¡Alégrate!
Rito de la “Corona de Adviento”:
Ahora encenderemos tres cirios de la “Corona de Adviento”, en nuestro camino hacia la Navidad.
En Nazaret se rasgaron los cielos por ala acogida de una mujer, en el desierto clamó una voz. Se anuncia la buena noticia: el Señor llega. Preparad los caminos, porque ya se acerca.
Con su “hágase”, María despejó y preparó el camino al Señor.
Cuando encendemos estas tres velas, cada uno de nosotros quiere ser luz que refleje a la antorcha de la mañana.
¡Ven pronto, Señor! ¡Ven, Salvador!

Cuarto domingo de Adviento: ¡Entrégate!
Rito de la “Corona de Adviento”:
Ahora encenderemos cuatro cirios de la “Corona de Adviento”, en nuestro camino hacia la Navidad.
Al encender estas cuatro velas, en el último domingo, pensamos en ella, la Virgen, tu Madre y nuestra madre.
Nadie te esperó con más ansia, con más ternura, con más amor. Nadie te recibió con más alegría.
Te sembraste en ella como el grano de trigo se siembra en el surco. En sus manos encontraste la cuna más hermosa. También nosotros queremos entregarnos así: en la fe, en el amor y en el trabajo de cada día.
¡Ven pronto, Señor! ¡Ven, a salvarnos!

Actitudes que debemos tener en Adviento.

1.- Actitud de espera con esperanza.
El mundo necesita de Dios. La humanidad se siente  desencantada y desamparada.  En nuestros corazones aguardan deseo y necesidad de bienestar, unidad, paz, desarrollo, tolerancia, respeto, libertad, que no encuentran toda su realización en la realidad. Vivimos atareados, desconfiados, temerosos, oprimidos, decepcionados, tristes, permitiendo que la desesperanza llegue a nuestros corazones y nuestras conciencias. Jesús quiere llenar ese vacío con su cercanía, con su Señorío (Filp 2,11) en nuestras vidas, “El Señor está cerca, para salvar a los que tienen el corazón hecho pedazos y han perdido la esperanza” (Sal 34,18) cuando él viene hace nuevas todas las cosas (Ap 21,5). Debemos aferrarnos a nuestros sueños, nuestra esperanza es abono para la Buena Nueva. Adviento nos enseña a estar vigilantes, despiertos, atentos, a tener el corazón preparado, acercándonos al corazón del otro porque vive nuestra misma realidad. En este tiempo, comprendamos a los demás, seamos tolerantes y fraternos, ¡viene el Señor!  
2. El retorno a Dios.
La experiencia de frustración, de contingencia, de ambigüedad, de cautividad, de pérdida de la libertad exterior e interior de los hombres y mujeres de hoy, suscita consciente o inconscientemente la sed de Dios  (Sal 42, 2), y la necesidad de «subir a Jerusalén» como lugar de la morada de Dios, según los salmos de este tiempo. La infidelidad a Dios destruye a la persona, su dignidad y su valor, destruye al pueblo, su fraternidad y su historia. Cuando somos fieles a Dios recuperamos nuestra verdadera identidad e historia. El adviento nos ayuda en este camino que comienza por conocer mejor a Dios y su amor a la humanidad. Nos da conocimiento personal de Cristo, que se encarnó abandonando su propia naturaleza (Filp 2,7) para acercarse a nuestra historia.
3. La conversión.
Es transformación, dejar de ser de una manera para ser de otra, significa dejar nuestra antigua manera de vivir llena de pecado personal y social y entregar todas las áreas de nuestra vida a Cristo para que él las gobierne y nos perdone “que el malvado deje su camino, que el perverso deje sus ideas; vuélvanse al Señor, y el tendrá compasión de ustedes; vuélvanse a nuestro Dios, que es generoso para perdonar” (Is 55,7). Es darle la espalda a la oscuridad para quedar de frente a la luz  que es Cristo. En Adviento nos encontramos con el reino de Dios que está cerca, dentro de nosotros (Lc 17,21). La voz del Bautista es el clamor del adviento: «Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios ... » (Is 40,3-5; Lc 3, 4b)). El adviento nos enseña a hacernos presentes en la historia de la salvación de los ambientes, a entender el amor como salida de nosotros mismos y la solidaridad plena con los que sufren.  
4. Gozo y alegría.
Nuestro gozo viene del Señor. La venida del Mesías es el anuncio del gran gozo para el pueblo, de una alegría que conmueve hasta los mismos cielos cuando el pecador se arrepiente (Lc 15,7). El adviento nos enseña a conocer que Cristo, y su pascua, es la fiesta segura y definitiva de la nueva humanidad. Hay gozo en nosotros cuando estamos reconciliados, Jesús cambia nuestro lamento en danza y nos viste de alegría (Sal 30,11). Dejémoslo entrar en nuestros corazones, en nuestros espacios familiares, en las relaciones con los amigos, en el trabajo, los estudios, llevémoslo a todas partes, la persona y las estructuras sociales necesitan ser tocadas por el gozo que viene del amor de Dios. El quiere que vivamos así, confiados, seguros, alegres en él “¿Por qué voy a desanimarme, por qué voy a estar preocupado mi esperanza he puesto en Dios, a quien todavía seguiré alabando. Él es mi Dios y Salvador! (Sal 42,5)