Carmaviba encuentro en oración

Pascua

Cristo Resucitó

¿ Qué es la Pascua ?

La Pascua Judía: Originariamente, sin duda, fiesta semítica del retorno primaveral de la vegetación, común a todas las civilizaciones primitivas, la pascua, por la providencial coincidencia de su celebración con la liberación de Egipto, llegará a ser para Israel el memorial de esta liberación (cf. Éx 12 y 2 Re, 23, 21-23). Se supone generalmente que su nombre viene de pasah, "pasar" en el sentido de dispensar (cf. Éx 12, 23), aludiendo a que el Señor pasa sin herir con sus plagas delante de las casas marcadas con la sangre del cordero inmolado por los hebreos. Más tarde, a la idea de este paso del Señor para rescatar a su pueblo de la esclavitud, se unirá la idea del paso del pueblo mismo que se va llevar tras de si fuera de Egipto hacía el país de la promesa, en el que Israel estará en su casa al estar en la casa de su Dios.

Así, en la reflexión religiosa de Israel, la pascua, con el memorial que pervive en su celebración, evocará la intervención redentora típica por la que Dios ha salvado y reconstruido a su pueblo. Habiéndose hecho inseparables la pascua y el éxodo salvador, el retorno del exilio será descrito como un nuevo éxodo, una nueva pascua (cf. Os 2, 16 ss; Is 63, 7 ss).

Cuando reflexionamos el significado de la celebración pascual judía donde Dios salva y reconstruye a su pueblo, vemos claramente una anticipación de la figura del Salvador, del Mesías que viene a salvar a los hombres y a reconstruir el pueblo, instaurando el Pueblo de Dios.

Pascua Cristiana: En el Nuevo Testamento, san Lucas describirá el anuncio hecho a los discípulos de la muerte de Jesús, en la transfiguración, como su éxodo que debía cumplirse en Jerusalén (9, 31, cf. Jn 13, I al hablar de su paso de este mundo al Padre, en el momento de la pascua). Es probable también que la imagen del cordero inmolado, en Is 53, 7, implicaba desde el principio una referencia pascual. En todo caso, san Pablo describirá la pasión salvadora de Cristo diciendo: "Cristo, nuestra pascua, ha sido inmolado" (I Cor 5, 7).

Así, por una parte, la celebración pascual se convertirá para los cristianos en la celebración de la muerte y de la resurrección del Salvador, y la pascua judía, con todo lo que había significado para los judíos en la primera alianza, será para ellos la fuente principal de su interpretación de la pasión. Ya en la primera epístola de san Pedro vemos superponerse a este tema el del bautismo, celebrado de antiguo con preferencia en la noche pascual. Pasado Él mismo de este mundo a su Padre por la cruz, Cristo nos transporta tras Él, no ya simplemente del Egipto material a una tierra prometida que no lo era menos, aunque uno y otra estuvieran ya llenos de evocaciones espirituales, sino "del reino de las tinieblas al reino del Hijo" (Cal 1, 13), que es lo mismo que la entrada en participación de "la heredad de los santos en la luz" (v. 12).

Así el misterio de Cristo, tal como lo explicará san Pablo y como lo celebrará toda la liturgia de la antigua Iglesia, es el misterio pascual, es decir, el que se cumplió en la pascua, que la pascua cristiana conmemora, y que constituye la pascua definitiva de la nueva y eterna alianza.

La parusía de Cristo será finalmente descrita a su vez como el definitivo cumplimiento de esta pascua en la eternidad (cf Lc 22, 16 y Mt 26, 29).

La Pascua en la Iglesia Católica: La Pascua es la fiesta principal, corazón y punto álgido del calendario litúrgico, la llamada "Fiesta de Fiestas" opaca incluso a la Navidad, pues en si en la natividad nació el Salvador y nos llenó de gozo su venida, aún mayor alegría nos causa el cumplimiento de las promesas de Dios al enviarnos a un Salvador que rescatara a la humanidad entera del pecado.

La fecha de la pascua: La Pascua cambia cada año debido a la relación que tiene con la pascua judía y las diferencias entre el calendario judío y el nuestro.

Los judíos comen el cordero pascual la víspera del 15 de Nisan (el primer mes del calendario judío). Jesús celebró la pascua (la última cena) según la costumbre judía, o sea, el 14 de Nisan, murió en la cruz el 15 de Nisan y resucitó el domingo siguiente, que ese año fue el 17 de Nisan.

El calendario judío es lunar, y el nuestro solar, lo cual complica bastante las cosas. Por ejemplo, el calendario tiene 354 días. Para hacer un ajuste, judíos insertan un mes a su calendario, por orden del Sanedrín (no por algún método definido). Esto dio lugar a numerosas controversias sobre la fecha para la celebración de la pascua.

En los primeros tiempos, los cristianos de origen judío continuaron usando el calendario judío para la pascua: El viernes santo lo celebraban el 15 de Nisan y la pascua de resurrección el 17 de Nisan (fuese o no domingo). En el resto del imperio romano, sin embargo, se tomó en consideración que Jesús históricamente resucitó el domingo y todos los domingos se celebra a la fiesta de la Resurrección. Por eso se optó por celebrar La Pascua el primer domingo después de la primera luna llena después del equinoccio de primavera. El Primer Concilio de Nicea (325) decretó que la práctica romana debe observarse en toda la Iglesia. Los ortodoxos celebran la pascua otra fecha porque siguen el calendario Juliano (ortodoxo ruso). La fecha de la fiesta de Pascua católica fluctúa entre el 22 de Marzo y el 25 Abril. En referencia a ella se calculan las otras fiestas movibles del calendario litúrgico.

El tiempo de Pascua Explicado: La pascua se celebra por 50 días. Es la fiesta más importante de la liturgia. Comienza el Domingo de Resurrección y termina en Pentecostés. La cuaresma termina en la tarde del Jueves Santo con la liturgia de la Cena del Señor que da comienzo al Triduo Pascual. El Viernes Santo se hace el "ayuno pascual" que se continúa el sábado santo, preparatorio a la gran celebración pascual . El triduo culmina en la Vigilia Pascual del sábado por la tarde.

Los primeros ocho días de la pascua constituyen la octava y se celebran como solemnidades del Señor.

El agua bendecida en la Vigilia pascual se usa para los bautismo en toda la temporada de pascua.

En el día 40 de la pascua se celebra la ascensión del Señor y los 9 días de la ascensión a Pentecostés (la novena original) son días de intensa preparación para la venida del Espíritu Santo.

¿Cómo hemos de vivir la Pascua?

Cristo triunfó sobre la muerte y con esto nos abrió las puertas del Cielo. En la Misa dominical recordamos de una manera especial esta gran alegría. Se enciende el Cirio Pascual que representa la luz de Cristo resucitado y que permanecerá prendido hasta el día de la Ascensión, cuando Jesús sube al Cielo.

La Resurrección de Jesús es un hecho histórico, cuyas pruebas entre otras, son el sepulcro vacío y las numerosas apariciones de Jesucristo a sus apóstoles.

Cuando celebramos la Resurrección de Cristo, estamos celebrando también nuestra propia liberación. Celebramos la derrota del pecado y de la muerte.

En la resurrección encontramos la clave de la esperanza cristiana: si Jesús está vivo y está junto a nosotros, ¿qué podemos temer?, ¿qué nos puede preocupar?

Cualquier sufrimiento adquiere sentido con la Resurrección, pues podemos estar seguros de que, después de una corta vida en la tierra, si hemos sido fieles, llegaremos a una vida nueva y eterna, en la que gozaremos de Dios para siempre.

San Pablo nos dice: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana seria nuestra fe” (I Corintios 15,14)

Si Jesús no hubiera resucitado, sus palabras hubieran quedado en el aire, sus promesas hubieran quedado sin cumplirse y dudaríamos que fuera realmente Dios.

Pero, como Jesús sí resucitó, entonces sabemos que venció a la muerte y al pecado; sabemos que Jesús es Dios, sabemos que nosotros resucitaremos también, sabemos que ganó para nosotros la vida eterna y de esta manera, toda nuestra vida adquiere sentido.

La Resurrección es fuente de profunda alegría. A partir de ella, los cristianos no podemos vivir más con caras tristes. Debemos tener cara de resucitados, demostrar al mundo nuestra alegría porque Jesús ha vencido a la muerte.

La Resurrección es una luz para los hombres y cada cristiano debe irradiar esa misma luz a todos los hombres haciéndolos partícipes de la alegría de la Resurrección por medio de sus palabras, su testimonio y su trabajo apostólico.

Debemos estar verdaderamente alegres por la Resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. En este tiempo de Pascua que comienza, debemos aprovechar todas las gracias que Dios nos da para crecer en nuestra fe y ser mejores cristianos. Vivamos con profundidad este tiempo.

La liturgia pascual está cuajada de signos que nos muestran el rostro del Resucitado y su presencia interpeladora entre nosotros:

1.- Las flores: Son el fruto del jardín del Calvario, del jardín de la resurrección. Las flores son el fruto temprano la primavera radiante en su primer plenilunio. Las flores, frescas y primerizas, no pueden faltar en las celebraciones de pascua. Las flores hablan siempre por sí solas de fragancia, de belleza, de fruto, de pureza, de vida.

2.- La luz: Jesús es la luz del mundo. Su resurrección es la luz que disipa definitivamente las tinieblas del pecado y de la muerte. La luz es para alumbrar, para guiar, para calentar. La liturgia de la Iglesia recrea este misterio de la luz con el fuego de la vigilia pascual y con el cirio, su simbólica imagen resucitada, su nuevo y definitivo icono pascual.

3.- La palabra: La resurrección estaba presente en la entraña misma de las Escrituras, de la Palabra de Dios. Jesucristo es la Palabra de Dios encarnada. La vigilia pascual tiene por ello una liturgia especial de la palabra y el lugar de la palabra -el ambón, el atril- aparece florecido en pascua.

4.- El agua: Jesucristo es el agua viva, el manantial de la vida, la fuente de esperanza, el hontanar de la felicidad. Quien la bebe nunca más tendrá sed. El agua es signo de vida, de limpieza, de purificación, de fecundidad. Con el agua y en agua renacemos a la vida nueva por el bautismo. La liturgia pascual venera de modo especial el agua bendecida en la noche santa y en esta agua renueva su fe y promesas bautismales.

5.- El pan: Jesucristo es el pan vino bajado del cielo. El pan se convierte en su cuerpo, llagado y resucitado, y quien lo come tiene ya en prenda la vida eterna.

6.- El vino: Jesucristo nos dejó su sangre derramada como bebida para la remisión de los pecados y encomendó a su Iglesia, a sus sacerdotes, hacer memoria de ella. Jesús Resucitado es el vino nuevo y definitivo, que sacie y no embriaga.

7.- El incienso: El incienso era en la cultura pagana uno de los símbolos de la divinidad. En la liturgia cristiana es también expresión de adoración y veneración. El incienso es usado especialmente en las liturgias pascuales. "Suba nuestra oración, Señor, como incienso en tu presencia".

8.- El aleluya: Jesucristo, en sus apariciones, llama a sus apóstoles y discípulos a la alegría. La palabra alegría en griego es "aleluya". El "aleluya" es utilizado en la liturgia pascual de manera permanente. La alegría, el aleluya, debe ser una de las consignas y de las características de los cristianos de todas las épocas. Su resurrección es la alegría que nadie nos podrá arrebatar.

9.- La paz: Jesucristo es nuestra paz, es el príncipe de la paz. Con su muerte y resurrección ha hecho la paz y la reconciliación para siempre. Su saludo, en las apariciones tras la resurrección, es una invitación a la paz. Las escenas neotestamentarias de la resurrección están transidas de paz. La paz es don de los dones del Señor. La paz es credencial de la resurrección.

10.-La misión: "Id a Galilea...", "¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo". "Id y predicad el evangelio a todas las gentes...". La pascua no puede esperar. La gloria en nosotros y para nosotros del Resucitado no puede esperar. El cielo no puede esperar. Pero el cielo sólo se gana en la tierra: "Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo".

Asimismo, a continuación, reproducimos el verdadero Decálogo Pascual que se debe derivar de la Resurrección de Cristo:

1- ABRE Y MIRA.- A tu alrededor hay muchas cosas encubiertas. Descúbrelas.

2. LEVÁNTATE Y CAMINA.- Ante ti hay un largo camino. Vive con esperanza.

3. ALÉGRATE Y DIVIÉRTETE.- Hay muchos motivos para ello.

4.- DISFRUTA Y VALORA.- En lo pequeño encontrarás el sentido.

5.- CONOCE Y AMA.- No puedes dejar que se endurezca tu corazón.

6.- HABLA Y DIALOGA.- Toods necesitamos sentirmos amados y valorados.

7.- RECONOCE Y PERDONA.- Asi nadie se sentirá excluido.

8.- AGRADECE Y COMPARTE.- Para que todos, también tú, vivamos más a gusto.

9.- ESPERA Y VERÁS.- Muchas cosas pueden cambiar.

10.- CREE Y CONFÍA.- Cristo Resucitado es la fuente de la mejores alegrías.-

Camino de la Alegría.

En nuestro tiempo, la mayoría de los cristianos hemos sido bautizados de niños. Desde entonces, tenemos impreso en nosotros el carácter de ese Sacramento. Cierto. Pero es a lo largo de muchos años, que vamos tomando conciencia del mismo hasta llegar, libre y responsablemente, a asumirlo en plenitud. Recorremos en la vida, un largo catecumenado, hasta alcanzar la madurez en la Fe, en la Esperanza. Es decir, hasta que morimos al hombre viejo. Esta es la verdadera muerte. Luego, el fenecer físico, no lo será tanto porque ya antes nos hemos muerto aún más hondamente. Hemos expirado con Cristo en la Cruz para poder renacer con Él a la vida nueva ya en el Reino de los Cielos, aquí en la tierra. Reino de Amor, que dejó ya establecido en medio del mundo. Empezamos a recorrer un difícil proceso hasta alcanzar lo que significa precisamente el Sacramento del bautismo recibido: morir y resucitar auténticamente con Cristo.

Un camino duro, de grandes tentaciones, de mortificaciones, de perplejidades, de dudas, de acompañar sufriendo a Jesús sufriente, camino del Calvario. Seguirle en ese Vía Crucis para morir con Él junto a su Cruz. Pero no temamos. «Mi yugo es suave y mi carga ligera» nos dirá, porque Él es el que lleva la parte más pesada. Sólo somos cual cirineos.

El grueso de los Evangelios nos cuenta esa andadura. Desde que Juan le preguntó «¿Maestro, dónde moras?» hasta que el Discípulo Amado estuvo al lado de María a la sombra del Madero. Pero ahí, en el Calvario, no acaba todo. Más bien todo empieza. En aquel sábado terrible, cuando todos estaban envueltos en una fe oscurísima y desesperados, María era la única que tenía bien prendida la llama de la fe en su lámpara de Claraesperanza. Esa llama, era la única luz que alumbraba al mundo hasta que llegó el esplendor de la Resurrección de Cristo. Y de la nuestra. Entonces, comienza una nueva andadura. Un Camino de Alegría, de encuentros con Jesús Resucitado que a la vez nos va resucitando a nosotros. Quedamos constituidos, por sus méritos salvíficos, Hijos de Dios. Y hemos de escucharle de nuevo.

Todo lo que Él nos dirá en esas presencias gloriosas suyas. ¿Qué nos manda, qué debemos hacer en adelante para ser buenos ciudadanos de ese Reino de Dios en la Tierra? Escuchemos, bebamos con ansia, cada una de sus novísimas palabras para ponerlas en práctica. Asistidos y llenos del Espíritu Santo.

¡Sí; ya hemos muerto y resucitado! ¡Por fin el bautismo se ha hecho total realidad en nosotros!

Giremos las páginas de este liviano libro y recorramos gozosos lo que ya muchos, desde Evely, llaman el «Camino de la Alegría». Meditemos las enseñanzas, las actitudes, la misión que Jesús Vivo, nos da en cada recodo.

«De pronto se produjo un gran terremoto. Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. ¡Ha resucitado!». (Mt 28,2a.4.6a)

I. ¡RESUCITÓ!

¡Resucitó! Justo a la alborada, María —la única que tenía Claraesperanza en ese sábado tan solitario—, diría a Jesús en su corazón: «Hijo, ya ves, no tienen esperanza». Se atrevería a decirlo recordando las palabras que pronunció, allá en Caná: «Hijo, no tienen vino». Y Jesús entonces le obedeció como hijo dilectísimo. E hizo su primer milagro. E igual ahora le obedece: al mismo filo del alba del tercer día, resucitó.

«Díjome que en resucitando, había visto a nuestra Señora.» (Santa Teresa de Jesús. Cuentas de conciencia 13ª 12. Obras completas)

«La Virgen, presente en la primera comunidad de los discípulos (cf. Hch 1,14), ¿cómo podría haber sido excluida del número de quienes se encontraron con su hijo divino resucitado de entre los muertos? Antes bien, es legítimo pensar que —verosímilmente— la Madre fuera la primera persona a la que se le apareciera Jesús resucitado.» (Juan Pablo II. Audiencia general del miércoles día 21 de mayo de 1997)

II. ¡OH, MARÍA!

María y Jesús. ¡Cómo no se dejará ver antes que a todos, a su Madre! ¡La primera que lo había mecido en sus brazos! La Dolorosa que, muerto, lo había acunado de nuevo en su regazo. La única que mantuvo clara la esperanza durante el Sábado Santo.

María es siempre faro que señala dónde podemos hallar a Jesús. Siempre es dintel para su encuentro. Puerta abierta para el Reino de Dios en la tierra. ¡Oh devoción a María por la que nos llevas siempre a Aquél que con anhelo buscamos!

«El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro, y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.» (Lc 24,1-3)

III. VACÍO LUMINOSO

Las santas mujeres vieron depositar a Jesús en el sepulcro por estrenar, que José de Arimatea ofreció.

Allí encerraron al Cristo histórico. Al que les había conducido hasta la muerte —la más verdadera— de morir en Él. Hoy, también ellas al despuntar el alba, corren a reencontrarle. Su fe en las profecías de Jesús es oscurísima. Su esperanza se ha truncado como una caña en la zafra. Su único deseo en esta madrugada, es ungirle de nuevo. Pero encuentran la tumba abierta. «¿A quién buscáis? No está aquí. Ha resucitado.»

Todos los que entonces, de la mano del Hijo del Hombre habían recorrido el camino catecumenal de su conversión, encuentran el sepulcro vacío. Jesús ya no está donde estaba. Cuando gracias a su nueva presencia resucitemos con Él, lo hallaremos en otra parte, en muchos sitios, en Espíritu y Verdad. Y escucharemos sus nuevas palabras para los que viven con Él en el Reino de Dios en la tierra.

«Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní» —que quiere decir: «Maestro»— Dícele Jesús: «Déjame ya, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’». (Jn 20,16-17)

IV. ¡RABBUNÍ!

Magdalena. La inmaculada por la penitencia. La que estuvo junto a María en la cruz.

«María.» «Rabbuní. Maestro.» Le adora. Vuelta a abrazar de gozo sus pies que cubre de nuevo con sus lágrimas, ahora de alegría.

¿Qué palabras escuchamos de Jesús para los que deseamos afinar nuestro espíritu como Magdalena?: «Déjame ya, que todavía no he subido al Padre.» Sana de golpe, rotundamente, todo lo que de posesivo puede haber en el amor nuestro aún no purificado del todo. ¡Qué lección nos das, Jesús! No te podemos acaparar. No podemos acaparar a nadie. Todos tienen que subir al Padre.

«En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «¡Dios os guarde!» Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron. Entonces les dice Jesús: «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán». (Mt 28,9-10)

V. EVANGELIZADORAS

A las santas mujeres, madrugadoras y valientes, el alba se les hace de pronto mediodía. «»¡Dios os guarde!» Y ellas, acercándose, se asieron a sus pies y le adoraron.»

¡Dios os guarde! Desde este momento, ellas, que murieron con Cristo, han resucitado con Él. Jesús vino para llevarnos al Padre. Éste nos guardará a buen recaudo ya en su casa en medio de este mundo. Y escuchan que Cristo las hace, al igual que a Magdalena, mensajeras de la más grande nueva. ¡Apóstolas de los apóstoles!

«No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.»

No temáis. Bautizados y ya en el Reino de Dios en la tierra, nada hemos de temer. Dios está con nosotros. Si vamos a cualquier lugar a predicar el Amor de Dios, allí es Galilea. Sí; todo el Reino de Dios establecido por Jesús, es Galilea.

«Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó.» (Jn 20,8) «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 24,34) «Se apareció a Santiago.» (1 Cor 15,7a)

VI. LOS MÁS AMADOS

Jesús se aparece a los tres discípulos más amados. Juan el místico «vio y creyó». Y a Pedro y a Santiago se les mostró antes que a los demás. ¡Ya se les había mostrado a los tres en profecía en el Tabor! Ahora ¿qué les dijo? No nos lo cuentan con palabras expresas estos evangelios de la Resurrección. Quizá porque donde hay tanto amor —los tres discípulos que más le amaban y que por ello fueron los más amados—, sobran las palabras. La Caridad es un lenguaje que todo el mundo entiende, sin necesidad de letras ni frases ni sonidos.

«Iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús. Y sucedió que, mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos. Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando? ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. »»Quédate con nosotros, porque atardece.» Cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. »Se volvieron a Jerusalén. Contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.» (cf. Lc 24,13-17.26-35)

VII. TRISTEZA TROCADA EN ALEGRÍA

«Iban dos de los discípulos a un pueblo llamado Emaús.» Jesús haciéndose el encontradizo y sin que le conocieran, los va resucitando poco a poco. Les ayuda a desperezarse calentando su corazón. Les explica las Escrituras a la luz de su pleno sentido.

«»¡Quédate con nosotros!» Cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron.»

Propio del Reino de Dios es haber recibido con pasmo y admiración el pleno significado de la Escritura. Y recibir el Pan del Banquete de este Cielo en el que ya nos encontramos. Reconocer a Jesús en el signo. Desleído ya todo afán posesivo, ir corriendo a proclamarlo. A veces también los discípulos laicos son apóstoles de los apóstoles.

«Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo».» (Jn 20,19-22)

VIII. INMENSA SORPRESA

En el Cenáculo, cerradas las puertas, todos están expectantes: «¡La paz sea con vosotros!» Por fin le ven sus apóstoles reunidos. ¿Por dónde ha entrado? ¿De dónde viene? ¿Adónde nos llevará? Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Nos da la paz, nos remacha en la paz. Vivir en el Reino de Dios en la tierra, es estar instalados en la paz. Los defectos de la gente, ya no nos ofenden. Una cosa son sus limitaciones y otra el pecado. El pecado es rechazar, odiar a Dios. En el Reino aquí, ya todos le aman. Por eso es Reino de Dios. Y todos soportamos mutuamente nuestras imperfecciones con caridad. «La paz sea con vosotros.»

«Sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo». Además, con ese soplo, nos avienta por todo el mundo a dar la Buena Nueva de su Resurrección, del Reino. Nos lejana para bautizar a los que quieran entrar en el Reino. Tampoco Él es posesivo. No nos retiene. Nos manda a todo el orbe.

«Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído». (Jn 20,26-29)

IX. PALPAR LA FE

¡Siempre falta uno! Y no físicamente tan sólo. Más hondamente: ovejas que ciertamente murieron cerca de la cruz, pero que no han resucitado todavía. Jesús las va a buscar. No las traerá en sus hombros, sino metidas, guardadas en sus llagas. Dentro de su corazón.

¡Ay Tomás! Te habías ido a llorar a solas por las calles de Jerusalén. Ven. Cristo vuelve por ti. No temas. Con tu mano en su corazón abierto, el mejor sagrario del Padre, exclamarás, «¡Señor mío y Dios mío!». Con esta confesión resucitas tú también y te conviertes en apóstol de los apóstoles, de la buena nueva de haber tocado en Cristo glorioso, la presencia misma del Padre.

«Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor». Cuando Simón Pedro oyó «es el Señor», se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan.» (Jn 21,4a7.9b)

X. NUEVA PATERNIDAD

Le vuelven a ver en su Galilea. Mientras pescan en el lago Tiberíades, le distinguen en la playa. «Es el Señor», dice Juan.

Pedro, desnudo, despojado al fin de sus ambiciones, muerto al hombre viejo, es definitivamente seguidor de Cristo en la Resurrección.

Cristo les arranca del mar con una pesca abundante consigo. Pedro, pionero, el que precisamente durante su catecumenado se hundía en las aguas, ahora nada valiente hacia la orilla.

El propio Cristo, en aquel amanecer, les prepara ya un banquete.

«Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas». (Jn 21,17)

XI. CARIDAD, CAMINO

Jesús pregunta a ese Pedro que le alcanzó el primero en la playa, si le ama. Es como un examen de amor trinitario. ¿Amas al Padre que en mí se transparenta y manifiesta? ¿Amas al Verbo que en mí se ha encarnado? ¿Amas al Amor, el Espíritu Santo espirado por el Padre y por mí?

Cristo sabe que Pedro de verdad, ama mucho. Por ello le hace el apóstol pastor de todos. Sólo amando intensamente, se puede guiar a los demás hacia el amor infinito de Dios Uno y Trino.

«Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron.» (Mt 28,16-17a)

XII. INTIMIDAD

Bien establecido el grupo de los Apóstoles junto a Pedro, resucitados todos con Cristo resucitado, se reúnen en la intimidad a solas en el bosque como tantas veces antes. Pero ahora todo es diferente. Ya no son catecúmenos como lo eran desde su conversión a la muerte en Cristo. Ahora ya son ciudadanos establecidos en el Reino de Dios en la tierra.

¿De qué hablarían? Nos interesa a nosotros también lo que Cristo y ellos mutuamente se dijeron. También deseamos estar resucitados como ellos. Ansiamos estar presentes en esa intimidad con Cristo. Pero acaso, cuando estamos a solas con Él en la Eucaristía, ¿no le hemos oído muchas veces susurrar acariciante en el fondo de nuestra alma y corazón?

«Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron.» (1Cor 15,6)

XIII. PARA TODOS NOSOTROS

«Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven.» Sí, vivimos todavía en este trozo de cielo en medio del mundo. Esos quinientos son portavoces hasta el final de los siglos. Como bandadas de pájaros nos sumamos a ellos, hasta cubrir de algarabía todo este cielo en medio del mundo.

«Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo.» (Lc 24,50-51)

XIV. ASCENSIÓN

Cristo sube al Cielo Eterno porque ya nos ha hecho a nosotros, cristos resucitados en Él, con Él y por Él, aquí. Si no fuera así, Él seguiría estando en este cielo en el mundo, para dar testimonio. Pero ya está el Reino poblado de gente en gracia de Dios. Nos hemos de reunir en oración con María. No hace falta saber bien lo que nos dice Jesús que advendrá. Nos basta con abandonarnos como niños pequeños en el regazo de María, Madre nuestra. Nosotros, que somos cristos incipientes...

«Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo.» (Hch 2,1-4a)

XV. PENTECOSTÉS

«Al llegar el día de Pentecostés, de repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego, se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo.» Ese fuego se les ha grabado en su mismo ser. Los ha hecho teas de caridad en el bosque reseco del mundo. Todo él se irá inflamando de ese Espíritu de Dios.

Pedro salió a predicar y todos, de tan diversas lenguas y naciones, le comprendían. Claro; al amor ¡todos le entienden! El fuego de Dios nos funde en una sola llama, una sola buena voluntad. Ciertamente el Reino de Dios en este mundo es, en medio de las tinieblas, una hoguera de amor.

«Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: «Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues?». (Hch 9,3-4)

XVI. CLARIDAD

Entonces podemos —nosotros, nuevos cristos convertidos en antorchas que flamean sin consumirse— iluminar a todos los pablos del mundo. A esos hombres de buena fe que buscan ansiosamente a Dios aunque por caminos antiguos y errados.

¡Saulo, Saulo! Perseguías a Cristo y no sabías que era para alcanzarle. El resucitado te salió al camino y también a ti, te resucitó.

Apuntes para el tiempo pascual.

1. Domingo de Pascua: El Domingo de cincuenta días de duración

El Domingo de Pascua, que comienza con la Vigilia Pascual, es el día y domingo del Año Litúrgico más importante, el Día del Señor por excelencia. Es el «primer día»: día en que se celebra la Nueva Creación. La Comunidad cristiana comienza ese domingo la «cincuentena» pascual que dura hasta el Domingo de Pentecostés. Es un tiempo especial para conmemorar y celebrar solemnemente que Cristo vive en Dios y en medio de la Comunidad y que, desde el Padre, derrama e infunde el Aliento o Espíritu Santo.
La Normas Universales sobre el Año Litúrgico y el Calendario dicen que «El Domingo de Resurrección y los cincuenta días siguientes hasta el día de Pentecostés hay que celebrarlos con alegría y júbilo, como si de un sólo día se tratara, como si fuese sólo un domingo solemne. Estos días se canta de modo especial el “aleluya”.

2. Recorriendo la historia de la cincuentena pascual

2.1. Ya en el siglo II las comunidades cristianas otorgaban especial relevancia al acontecimiento y empezaron a destacar y distinguir uno de los domingos del año: El domingo siguiente a la fiesta pascual de los judíos (es decir, el domingo siguiente de la primera luna llena de primavera). Hasta entonces no destacaban ningún día para celebrar la Pascua de Cristo, porque todos los domingos eran –y lo son en la actualidad– «fiesta de pascua».
Cuando en el siglo II establecieron el Domingo de Pascua, empezaron a prepararse especialmente para ese día, haciendo oración y ayunos especiales. De esa preparación surgió también la Vigilia Pascual, el Triduo Pascual y la preparación de los cuarenta días (Cuaresma), en principio para preparar a los catecúmenos para su Bautismo en la Vigilia Pascual; luego para preparar a los pecadores (penitentes) para hacer penitencia y celebrar el Sacramento de la Reconciliación, y por último, para preparar la comunidad entera para la Fiesta de la Pascua.

2.2. El Octavario Pascual
En la Vigilia Pascual, a los nuevos cristianos que recibían el agua del Bautismo se les imponía un vestido blanco (alba), que llevarían puesto durante ocho días, hasta el domingo siguiente. Durante estos ocho días los responsables ofrecían catequesis especial a los nuevos cristianos; eran sesiones de catequesis para introducirlos plenamente en la comunidad cristiana («catequesis mistagógicas» –del griego «mystes-agein»: guiar para el ingreso–). El octavo día se les desvestía. Por eso se le denomina a ese domingo Dominica in albis depositis: domingo en que se despojaban del vestido blanco. Así surgió el Octavario Pascual: prolongación del Domingo de Pascua durante ocho días.
La liturgia de esos ocho días –tanto en la Eucarística como en la de las Horas– es la misma del Domingo de Pascua, excepto las lecturas: el himno y las antífonas son las mismas, hay canto o recitación del Gloria, se puede recitar la secuencia del Domingo de Pascua, se canta el Aleluya, los salmos en la Liturgia de las Horas son los del Domingo…

2.3. Cincuentena: Fiesta de Siete Semanas
Escritores cristianos del siglo III y IV nos hablan de la «Cincuentena»: San Ireneo en Galia, Hipólito en Roma, los documentos Acta Pauli en Asia Menor, Orígenes en Alejandría y Palestina, Tertuliano en África del Norte.
La Iglesia prolonga durante cincuenta días el Tiempo Pascual, celebrando el acontecimiento de la resurrección de Jesucristo durante siete domingos –o más exactamente, celebrando siete veces el Domingo de Pascua–. A lo largo de los siete domingos y sus semanas correspondientes la Iglesia contempla el misterio de Cristo a la luz de la Pascua, reflexionando y recordando los distintos aspectos que este gran misterio, centro de la fe cristiana tiene.
El octavo domingo celebra la solemnidad de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, es decir la efusión del Espíritu de Cristo resucitado. Con ello culmina la Cincuentena Pascual.
No es casual la duración de cincuenta días, ya que se halla en relación con la fiesta judía de la Semanas. Los judíos celebran la fiesta de Pentecostés –en hebreo Xabuot: Fiesta de las semanas– a las siete semanas de la fiesta de pascua (50 días). Ese día los israelitas acudían en peregrinación al templo de Jerusalén, portando las primicias –los primeros frutos de sus cosechas–; quienes no pudieran peregrinar, celebraban la gran fiesta en la sinagoga de su población, profusamente adornada para la ocasión.
También para los cristianos Pentecostés es una fiesta muy importante, ya que ese día recibieron los apóstoles la gracia del Espíritu Santo, según relata San Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Así pues, la comunidad cristiana celebra ese día la efusión del Aliento o Espíritu Santo, exhalado por el Padre sobre los apóstoles por medio de Jesús resucitado.
«La Cincuentena Pascual» es el tiempo comprendido entre dos fiestas importantes: la resurrección de Cristo y la efusión del Espíritu Santo. Es tiempo de gran significación, en el que se celebra y conmemora de modo especial aquel acontecimiento salvífico. Esa es la razón por la cual es denominada la Cincuentena como tiempo Santo, alegre, jubiloso, fiesta de gozo, gran domingo, imagen del mundo futuro… Las mismas normas que se establecían para el domingo se aplicaban a la Cincuentena: No ayunar, no arrodillarse…
También es tiempo de perdonar, de alabar a Cristo, de socorrer al necesitado, de celebrar que el Esposo (Cristo) está entre los suyos (Mc 1, 19-20), de celebrar el bautismo, de recordar la resurrección de Cristo gracias a la acción fecunda del Espíritu Santo. Dicho de otro modo, tiempo para prolongar y celebrar la Fiesta de Pascua.
A mediados del siglo IV, al menos en Roma, empezaron a celebrar la Ascensión del Señor, al como relata San León Magno en sus homilías (440-461). Posteriormente, a finales del siglo IV, en algunos lugares empezaron a conceder especial importancia al último día de la Cincuentena, es decir al día de Pentecostés. En algunas comunidades, especialmente en las de Occidente, recordaban la venida del Espíritu Santo, pero sin olvidar que el Espíritu era una gracia concedida por Jesucristo en su Pascua. En Roma, el día de Pentecostés llegó a celebrarse un doble de la fiesta de Pascua: la víspera había que ayunar, organizaban la vigilia nocturna haciendo tantas lecturas como en la Vigilia Pascual y, además, le añadieron la octava. En las comunidades eclesiales de Oriente –Jerusalén, Siria, Edesa, Mesopotamia– celebraban la venida del Espíritu Santo y la Ascensión de Jesús. 3. Estructura de la Cincuentena en la actualidad

A raíz de la reforma litúrgica realizada tras el Concilio Vaticano II se estableció la Cincuentena de Pascua. Ocho domin-gos componen la misma: Los siete Domingos de, Pascua y el Domingo de Pentecostés. La octava pascual no se ha modificado, porque es tiempo de mistagogia, es decir, es todo una semana dedicada a acompañar a los nuevos bautizados, en su integración en la vida sacramental de la comunidad cristiana

Era la semana de catequesis para la integración de los nuevos bautizados en la vida sacramental. Al mismo tiempo, la Liturgia ofrece a la comunidad cristiana la oportunidad para celebrar solemnemente la resurrección de Cristo, tomando los relatos de Jesús resucitado de los Cuatro Evangelistas.

4. Domingos de Pascua

Desde el II Domingo de Pascua hasta el VII Domingo de Pascua, en la asamblea santa que cada domingo celebra la comunidad cristiana, ésta escucha los aspectos más destacados del acontecimiento pascual y reflexiona sobre el mensaje esperanzador, goza de la gloria de Cristo resucitado, vive la alegría de tener de nuevo consigo al Esposo, recibe la fuerza del Espíritu y refuerza la vida comunitaria, recordando y renovando los compromisos del bautismo. 3. Estructura de la Cincuentena en la actualidad
En los ciclos A, B y C se eligen diferentes pasajes, pero siempre referentes al mismo tema en los tres ciclos: 3. Estructura de la Cincuentena en la actualidad
El II domingo: Resumen sobre la vida de la Comunidad 3. Estructura de la Cincuentena en la actualidad
El III domingo: Testimonio de San Pedro, anunciando la Buena Nueva
El IV domingo: Predicaciones de San Pedro y San Pablo
El V domingo: Ministerios o servicios en la comunidad
El VI domingo: Los anuncios sobre la venida del Espíritu Santo
El VII domingo: Ascensión de Jesús a los cielos (o: la espera de la venida del Espíritu)

Segunda lectura: En el ciclo A, la segunda lectura se toma de la I carta de San Pedro, porque es, fundamentalmente, una catequesis del Bautismo. El en ciclo B, se toma de la I carta de San Juan, en la que se establece que el creer en Jesús implica amar al prójimo. En el ciclo C, del libro del Apocalipsis, en la que se alaba al glorioso Cordero inmolado, y se celebra la alianza nupcial entre Cristo y la Iglesia.

Evangelio: En casi todas las ocasiones el pasaje evangélico se toma del libro de San Juan (excepto el III domingo de los ciclos A y B, que se toman pasajes de Lucas 24):
I Aparición de Cristo resucitado. Resurrección gloriosa de Jesús
II Aparición de Cristo resucitado .Creer en Jesús resucitado.
III Aparición de Cristo resucitado Apariciones del Resucitado.
IV El Buen Pastor da la vida por sus ovejas y la recupera de nuevo Jesús el Buen Pastor.
V La oración y el diálogo que tiene Jesús con sus apóstoles durante la Última Cena Jesús anuncia que sube al Padre, pero que volverá de nuevo.
VI La oración y el diálogo que tiene Jesús con sus apóstoles durante la Última Cena Jesús anuncia que va al Padre, pero que volverá de nuevo.
VII La oración y el diálogo que tiene Jesús con sus apóstoles durante la Última Cena.
VII Desde 1977, en España, se celebra la Ascensión del Señor (antes se celebraba el 40º día) en jueves, Jesús ha ido al Padre, pero siempre está presente entre los suyos

5. Pentecostés

Es el domingo que concluye los cincuenta días del Tiempo Pascual. Los orígenes bíblicos de esta celebración se encuentra en la fiesta de Xabuot en la que los israelitas recuerdan la alianza del monte Sinaí. En tiempos de Jesús, éste día acudían en peregrinación a Jerusalén, para ofrecer al Señor las primicias –primeros granos y frutos– en el templo.
Aquel día, estando los apóstoles en oración en el Cenáculo –estaba con ellos también la Virgen María y otros seguidores– recibieron el Espíritu de Cristo resucitado, que se manifestó como un fuerte viento y llamas de fuego, tantas como personas reunidas. Quedaron llenos del Espíritu Santo (Hch 2, 1-4). Este acontecimiento Juan en su evangelio lo sitúa en el Domingo de Pascua (Jn 20, 22). Posiblemente en la narración de los Hechos de los Apóstoles esté ya condicionada por unas claves litúrgicas.
Movidos por el Espíritu, empezaron a dar testimonio valiente y gozoso sobre Jesús, y aquel día se les agregaron unas tres mil personas, tras pasar por la fuente del Bautismo.
Así, impulsados por el Espíritu, la Iglesia empezó a reunirse alrededor de Cristo resucitado, dando testimonio de Jesús muerto y resucitado, y anunciando su mensaje.
La liturgia celebra solemnemente la Fiesta de Pentecostés:
Presenta los temas de celebración de la Vigilia, tomando como modelo la Vigilia Pascual.
Selecciona cinco lecturas, con sus correspondientes salmos responsoriales y oraciones:
El Acontecimiento de la torre de Babel. (El misterio de la dispersión)
La Alianza del monte Sinaí y el regalo de la Ley (La profecía de la comunión)
La vida que se da a los huesos secos por la acción del espíritu (La vida que florece)
Anuncio de la efusión del espíritu
El Espíritu está a nuestro favor

Evangelio:
Manarán ríos de agua viva (venida del espíritu)

Las lecturas de la eucaristía del Domingo de Pentecostés son las siguientes:

Primera lectura:
El Acontecimiento de Pentecostés

Segunda lectura:
(En el año A) Bautizados en el mismo Espíritu
(En el año B) Frutos del Espíritu
(En el año C) El Espíritu guía los bautizados

Evangelio:
(En el año A) Recibid el Espíritu Santo
(En el año B) Llegada del Espíritu de la verdad
(En el año C) El Espíritu os enseñará todo

El mosaismo o la religión del éxodo.

HORIZONTE HISTORICO (en relación a la Pascua)
Uno de los aspectos más característico de nuestra cultura occidental es el relativo a la dimensión histórica. Es difícil crear sin referentes, sin memoria y la historia nos proporciona un terreno para cultivar de forma adecuada.
Es obvio que existe una realidad histórica que está ahí presente, y que posibilita que podamos hablar de la historicidad “como una dimensión del hombre”. De hecho, el ser humano se encuentra siendo lo que es, en gerundio, porque percibe que tuvo un pasado y que al mismo tiempo se está realizando desde un futuro. De esta forma, de esa perspectiva connatural al ser humano, el “presente” se manifiesta y erige, tal y como recuerda Zubiri, como la inevitable unidad de esos tres momentos.
Aunque conviene no olvidar también la importancia, no sólo del pasado, sino del presente, y la contemporaneidad de los problemas que son actuales, que deben ser entendidos como un signo más en el latido de la historia presente; Por eso desoír ese latido significaría tanto como desconocer el ritmo con el que marcha nuestro tiempo.
Pues bien, en este contexto nos interesa fundamentalmente la relación de esa historia con el hombre mismo, su vida activa y reflexiva, su conducta, así como las respuestas a los problemas que genera la inmediatez de su presente.
Claro que sólo conocemos perfiles de cuanto nos aparece, como señala Husserl en sus meditaciones cartesianas, y todo tiempo es percibido como un pasado que termina en presente. De esta forma, el presente entendido como realidad límite puede decirse que se ve determinado y conformado por las otras realidades que lo delimitan, es decir, de un lado el pasado y de otro el futuro. De esta forma, podría decirse que el presente es así la terminación del pasado, y por otra parte, y al mismo tiempo, el comienzo del futuro. Por eso las experiencias del pasado son, como indica Lledó, en un sentido muy concreto, nuestras experiencias.
Expresado en otros términos, comprender una tradición requiere sin duda alguna contar con un horizonte histórico, entendiendo por tal horizonte algo así como la panorámica que debe alcanzar el que comprende. Ese acto mental precisa a su vez de una orientación definida y, siguiendo la vertiente hermenéutica, significa sencillamente comprender lo que dice un texto desde la situación concreta en la que se produjo.

EL MOSAISMO O LA RELIGION DEL EXODO
La palabra “pascua” es la transcripción fonética del hebreo pésaj que indica en la “toráh” de Moisés, la noche del Éxodo y la solemnidad que la conmemora de época en época.
Desde entonces la institución mosaica está en centro de la espiritualidad judeocristiana.
Y se podría decir con A. Neher, que los valores más íntimos de occidente: “libertad, redención, resurrección” son valores pascuales.
El momento esencial de la pascua hebrea es el Séder, la fiesta celebrada en cada casa, entorno a la mesa familiar, en la noche del plenilunio de primavera.
“Noche de guardia para Yahvéh aquella noche: en ella hizo salir de Egipto a los hijos de Israel. Esta noche de Yahvéh será noche de vela para todos los hijos de Israel en todas sus generaciones” (Ex. 12, 14).
De aquí parte la espiritualidad que ha alimentado durante más de tres milenios a la parte del género humano que ha hecho posible el grado de evolución al que actualmente ha llegado nuestra especie. Es la espiritualidad de la libertad, de la personalización, de la socialización, de la lucha contra todo conato de opresión.
Según reconoce A. Neher, no es precisamente el pueblo hebreo como tal el que está en el centro de la pascua israelita. Esta no es meramente un aniversario patriótico. El séder está tan lejos de ser una celebración puramente nacional, que el nombre mismo de Moisés no figura en el ritual de la Haggadá; y no se indica allí ningún otro hecho humano. Lo que realmente se presenta como necesario es la toma de conciencia hebrea. En todos los siglos cada hombre tiene el deber de considerarse como si él mismo hubiera salido de Egipto. Lo que en la pascua hebrea se expresa primordialmente es la certeza de la libertad. Con la salida de Egipto a sonado para la humanidad una hora nueva: la redención de la miseria.
Si el Exodo no hubiera existido señalado con el doble sello de la imperiosa voluntad divina y de la participación consensual y consciente de los hombres, el destino histórico de la humanidad habría seguido otro curso, radicalmente diverso, ya que en sus propias raíces no habría figurado la redención de la salida de Egipto.
“Ni mis padres ni yo ni mis hijos seríamos libres; seguiríamos siendo esclavos”, dice el hebreo en la noche de pascua. Al contrario, la puerta que por medio del Éxodo se les ha abierto, no puede volverse a cerrar. “Somos libres con una libertad eterna”.
El cristianismo siguió fielmente esta huella del rito de la libertad. Jesús conmemoró la pascua “ en la noche en que lo entregaron” (I Cor. 11, 23). Es inútil sospechar que Jesús, al asumir toda la tradición de Israel, pretendió vaciar de su contenido humano, la vieja tradición israelita de libertad. Cuando dijo a sus discípulos: “haced esto en conmemoración mía” (I Cor. 11, 25), no hacía más que plenificar todas aquellas ansias de liberación de la miseria que la vieja religión del Éxodo había ido creando en la conciencia de un pueblo que creía en un Dios, liberador de los oprimidos, protector de los huérfanos y de las viudas. Y es que Jesús no había venido a traicionar a Moisés ni si quiera a idealizarlo; él había venido a “dar su cumplimiento y plenitud a la ley mosáica” (Mt. 3, 17).
En uno de los escritos más antiguos del nuevo testamento, la primera carta de S. Pablo a los corintios ( año 57 ), se describe el acontecimiento de la última cena de Jesús con sus discípulos con estas palabras:
“El Señor Jesús, en la noche que era entregado tomó pan, lo partió y dijo; haced esto en memoria de mi. Lo mismo hizo con la copa, después de haber cenado, diciendo: esta copa es la nueva alianza en mi sangre. Cada vez que bebáis, haced esto en memoria de mi. Porque cada vez que coméis de este pan y bebéis de esta copa, estáis proclamando la muerte del Señor, hasta que por fin venga” (I Cor. 11, 23 – 26).
Para comprender bien todo el alcance de las palabras de Jesús y su significación actuante a través de todos los jalones de la historia de la salvación tenemos que comprender el lenguaje subyacente a la expresión – clave “anamnesia” , “memoria” o “memorial”.
Entre otras cosas para el pueblo de Israel, es también “el recuerdo de un deber” o sea, el deber de observar la pascua (Ex. 13, 3; Jos. 1,13). Este “recuerdo” litúrgico está presente sobre todo en la cena pascual. Una oración de esta cena litúrgica suplicaba a Dios “que se acordara del Mesías”. Esta súplica por el recuerdo del Mesías encuentra ciertamente un eco en la orden de Jesús, dada en la cena, de “haced esto en memoria de mi".
Hay en estas formulas la idea de que se le recuerda a Dios, al orar, que ha hecho una promesa, y se le ruega que la cumpla. La pascua judía hace revivir litúrgicamente la liberación con respecto a la esclavitud egipcia, signo de la gran liberación escatológica el día en que el Mesías venga. Así, en la cena pascual judía, nos encontramos con la triple “ anamnesis”; el recuerdo de una liberación pasada típica, de una liberación actual por el acto sacramental de la cena pascual y de una salvación futura en el día del Mesías. La noche pascual se convierte en la noche en que se espera al Mesías. Y esta espera llena de esperanza es también una súplica ardiente.
Pasando ahora al Nuevo Testamento, nos encontramos con que la cena de Jesús (coincida o no exactamente con la cena pascual, aunque siempre se realiza en un marco pascual) utiliza plenamente esta terminología litúrgica en un sentido muy concreto: “acordarse de Jesús” equivale “acordarse del Mesías liberador”. Pero no solo en un sentido contemplativo, sino plenamente efectivo. Es imposible pedir a Dios “que se acuerde del Mesías” sin incluir en esta súplica el deseo ardiente del proceso de liberación, que no se agotó en el Exodo pasado, sino que continúa en todos los éxodos en que la humanidad se va liberando de cualquier clase de esclavitud.
La Eucaristía no es simplemente ni un recuerdo de una liberación pasada ni una prenda para una salvación escatológica, sino un paso real y eficiente en la historia de la salvación, que incluye el itinerario de la liberación humana frente a todo lo que esclaviza y aliena al hombre.
En el Antiguo Testamento los “recuerdos”, los “memoriales”, estaban íntimamente relacionados con los sacrificios. En la Epístola a los Hebreos se dan unas pautas para responder a esta pregunta. Para el autor de Hebreos, el sacerdocio levítico no era sino una sombra que debería disiparse al aparecer la verdadera luz, que es el sacrificio de Cristo. “Realizado de una vez para siempre” (efápax) recurre tres veces en la Epístola: 7. 27; 9.12 y 10,10. Con esto se indica que lo de sustancial y permanente en aquellas alegorías históricas se verifica en Cristo. Pero lo curioso es que este sacrificio es distinto de los demás: aquí el sacerdote se confunde con la víctima, El no ha inmolado a nadie: ha querido que todos los golpes de la violencia, incluso sacrificíal, se pararan en seco contra El, y en vez de divinizar su propia muerte, ha elevado su superación de la muerte – la resurrección- al grado supremo de las aspiraciones humanas.
Según el autor de Hebreos, el sacerdocio de Cristo no es la culminación del sacerdocio levítico, sino del sacerdocio de Melquiseder. Para ello cita el salmo 110,4 ( tú eres sacerdote eterno según el orden de Melquiseder), que según la tradición exegética se aplicaba al Mesías. Ahora bien el sacerdocio de Melquiseder era de otro orden, es verdad que “en primer lugar, Melquiseder significa rey de justicia; pero además es rey de Salem, lo cual quiere decir rey de la paz”.
Jesús, al haber aceptado ser la víctima universal y última, ha abolido el primer pacto, la primera alianza, según la cual Dios “permitía” la efusión de sangre o sacrificios. De aquí podemos sacar óptimas consecuencias, la Eucaristía es un “recuerdo”, “un memorial” : los cristianos que se sientan alrededor de la mesa eucarística se tienen que acordar, del sacrificio eliminador de todo sacrificio, ya que esto es lo que hizo Jesús.
Jesús, con la aceptación de su muerte, quiere matar en si mismo a toda muerte, como nos dice S. Pablo, “ cuando esto corruptible sea vestido de incorruptibilidad, y esto mortal sea vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: la victoria se tragó a la muerte. ¿ Donde está, oh muerte, tu victoria? ¿ Donde está, oh muerte tu aguijón? ( 1Cor. 15, 54-55 ).
El sociólogo americano P. Berger dice que toda la sociedad es en última instancia una congregación de hombres enfrentados con la muerte.
Nuestra religión tributa al tema de la muerte un papel transcendental; pero su enfrentamiento es “ pascual “ es decir vencedor. Interesa por tanto averiguar a qué equivale realmente en el psiquismo humano la vivencia de lo que llamamos pascua. Y es que la vivencia es la vivencia de una paradoja, o sea, la síntesis de dos opuestos: morir y re-vivir, anonadarse y revalorizarse, descender y subir. Jesús es inconcebible como ser superficial. Asimismo, todo creyente en El.
La primera manifestación o exigencia de la pascua cristiana es la profunda intensidad de tener que vivir como hombres, como seres responsables del mundo, responsables de la propia vida, esta es una tarea que exige la muerte del hombre a un sinfín de caprichos.
En Cristo, pues, la ley de la vida ha sido cambiada: la muerte en Cristo ha perdido su poderío (Rom. 6,9). La Resurrección es esta vida de Dios que impregna el espíritu, y a través del espíritu la misma carne .Dios no abandona a nadie en las sombras de la muerte (Sal. 16, 10). “ El que ha resucitado a Cristo de entre los muertos, dará también la vida a nuestros cuerpos mortales” (Rom. 8,11). La muerte entonces es la otra cara de la vida separada por un fino tabique. Al trasponer la muerte, el Hijo de Dios pone automáticamente pie en el volcán de la vida. Dios mismo está ahí al instante. Y es que la pascua cristiana desde el principio es, Pascua de Resurrección.

NOTA
“Era la víspera del día solemne de la Pascua” (Jn.13,1) Vamos a dedicar un momento a examinar la indicación del tiempo que se nos da en el verso primero para la Última Cena: “La víspera de la Pascua.” El día judío era el calendario lunar en el que, naturalmente, la tarde - dominio de luna - era el factor dominante para el cómputo).
Para Juan, la Pascua, el día 15 del mes de Nisán, comenzaba la noche del Viernes Santo a la puesta del sol; por lo tanto la cena de la noche del Jueves y los acontecimientos del Viernes Santo tuvieron lugar el 14 de Nisán. Para los Sinópticos la cena del Jueves era la cena Pascual, y por tanto la tarde del jueves era ya el 15 de Nisán. Acaso la mejor solución sea tomar como correcta la cronología de Juan que fue testigo presencial. Pero en la comida (en la tarde antes de la Pascua) Jesús imitó en todo las características de la comida Pascual, con excepción sólo del cordero, para mostrar la conexión entre el sacrificio eucarístico y el éxodo.
La difícil frase de Mateo “el primer día de los Azimos” (Mt. 26, 17) es importante para la fecha de la Última Cena. Recientemente se ha sugerido que Jesús siguió el calendario sacerdotal (solar) más antiguo, según el cual la Pascua se celebraba todos los años en la noche del martes. Por el calendario oficial (lunar) más reciente, seguido en Jerusalén, la Pascua cayó el año de la muerte de Jesús , en un viernes por la noche. Esta hipótesis ofrece una solución a la aparente contradicción entre los sinópticos y Juan. Tiene además la ventaja de proporcionarnos un amplio horario de muchos sucesos de la pasión de Jesús (habría sido arrestado en la noche del martes, y crucificado el viernes), Al mismo tiempo esta solución parecía sugerir que Jesús y los discípulos no usaron el cordero Pascual en la Última Cena, sino (quizás) solamente panes ázimos, ya que los sacerdotes, que sacrificarían los corderos este año el viernes al mediodía, con dificultad hubieran hecho el rito en un día no oficial como el martes.)

Manolo Nieto

BIBLIOGRAFÍA
J.M. Gonzalez Ruiz. Dios está en la base. ed. Estela
J.M. Gonzalez Ruiz. La Iglesia a la intemperie. ed. Estela
Julián Ruiz Díaz. Catequesis de adultos. ed. Marova.
F. Javier Blázquez Ruiz. Perfiles éticos políticos de la sociedad actual
Conoce la Biblia. Ed. Sal Térrea.